El ser espiritual implica ser guerrero y ser sensible.

Porque no sólo se puede morir golpeado sino también envenenado.

Si lo que queremos es el bienestar integral debemos aprender a luchar pero también a no beber toxinas.

En la vida todos estamos buscando crecer y vivir plenos. Podemos ser fuertes por dentro y por fuera para lograr la plenitud. De hecho, lo necesitamos. Y la verdadera fortaleza es también sensible.

La primer batalla de un guerrero es por la libertad, pero ¿qué es libertad para nosotros? ¿somos realmente libres? ¿somos libres para ser quienes realmente somos? La respuesta es no, no somos libres. La libertad está relacionada con el espíritu humano: La libertad de ser quien realmente somos. Pero ¿qué nos impide ser libres? ¿por qué no podemos ser como realmente somos?. Si observamos nuetra vida veremos que, en vez de vivir para complacernos, la mayor parte del tiempo sólo hacemos cosas para complacer a los demás, para que nos acepten. Lo peor de todo es que la mayoría de la gente ni siquiera se da cuenta de que no es libre, algo en su interior se los dice, pero no lo comprenden, y no saben por qué no son libres.

Todo un sistema de creencias nos ha sido inculcado desde que eramos niños, pero si lo ponemos en tela de juicio, veremos que la mayor parte de ese sistema no es ni siquiera real, nos hemos pasado todos estos años en drama por nada. La libertad que buscamos consiste en utilizar nuestra propia mente y nuestro propio cuerpo, en vivir nuestra propia vida en lugar de vivir la vida nuestro sistema de creecia. Cuando descubrimos que nuestra mente esta controlada por ese sistema, sólo tenemos dos opciones: Seguir viviendo como lo hemos hecho hasta ahora, rindiendonos ante nuestras creecias; o rebelarnos completamente, declarale la guerra a todo nuestro sistema de crencias, muchas veces impuesto. Quizá ganemos o quizá perdamos esta batalla, pero al menos tendremos la oportunidad de recuperar nuestra libertad. Elegir este camino nos da como mínimo la dignidad de la rebelion y nos asegura que no seremos la víctima desvalida de nuestras caprichosas emociones o de las emociones envenenadas de los demás. Incluso aunque perdamos esta batalla no estaremos entre las víctimas que no se defendieron.